viernes, 29 de junio de 2012

Escribiendo cine: Nevada express, Tom Gries


Basada en la novela del mismo título de Alistair MacLean, editada por Pomaire. 


 Forastero que parece buscado por un cartel que pone precio a su cabeza. Un tren de suministros para lo que parece una epidemia. Armas que sustituyen a los fríos raíles de la guerra. Puentes de equilibrio imposible que parecen resquebrajarse al paso del tren. El misterio está sobre ruedas y el más silencioso será el encargado de resolver el extraño caso de varias muertes que parecen planeadas para volar en pedazos un convoy que está enganchado con vagones de fatalidad. 
Nadie es quien dice ser. La sorpresa parece que está detrás de cada astilla quemada en el horno de la locomotora. Combinando el Oeste con el misterio, se llega a la verdad. El rítmico traqueteo de las ruedas parece ir conformando la melodía de la mentira. Las letras de Alistair MacLean, al que se recuerda por otras adaptaciones de obras suyas como El desafío de las águilas, de Brian G. Hutton, o Estación Polar Cebra, de John Sturges, parecen sonar como amenazas proferidas en medio del frío helador que asola a un tren que no debería pararse. Incluso no parece una película protagonizada por Charles Bronson que, en esta ocasión, sabe dar el tipo en medio de una historia que está mucho más pensada de las que solía protagonizar. La música de Jerry Goldsmith acompaña el trayecto de forma admirable y la dirección de Tom Gries, sin ser brillante, es ajustada y muy cercana al realismo. Tanto que parece que el corazón se va a parar en algún paso del camino. 
Demasiadas carcasas en un tren que esconde disfraces en lugar de personas. El complot del entretenimiento parece una vía que lleva directamente a la estación del disfrute. No es una gran película y tampoco pretende serlo. Tal vez, incluso, ahí radique una de sus principales virtudes. Pero funciona como mecanismo de intriga, como transporte de suspense que no para hasta el mismo salón del espectador. La atmósfera parece dominar todo el entramado y, en algunos momentos, parece que se siente el vaivén del ferrocarril, la angustia de hallarse en medio de ninguna parte intentando resolver un enigma que parece imposible y los brutales golpes de las reyertas que se organizan cuando comienzan a caer las máscaras de este baile de hierro y perdición. 
 Y es que el principal atractivo de esta película no está en sus interpretaciones, sino en su concepción. Uno ve trenes, delincuentes, soldados, estaciones y una mujer y piensa que los atracos y su posterior persecución van a ser los núcleos centrales de la historia y lo que menos se espera es encontrarse con una investigación policial que hubiese hecho las delicias de Hitchcock o las sucesivas sorpresas en un libro de Agatha Christie. Lo que menos importa es la epidemia que espera. Al fin y al cabo, en los tiempos del lejano Oeste, nadie era demasiado honrado y aquí hay una buena galería de personajes que demuestran bien a las claras que se puede estar a uno y otro lado de la ley sin traicionar los principios sobre los que se edificaron todo un país. Da igual si se es criminal o político. En aquellos tiempos, todo era intercambiable… ¿sólo en aquellos tiempos? 

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